domingo, 22 de abril de 2012

Festival Nacional Alto Pueblo, La Quiaca 2012

El norte argentino me resulta un lugar mágico, tiene un atractivo que no sabría explicar, quizás combinación de su naturaleza, su historia, su cultura, su gente. Lo he recorrido algunas veces, la última en diciembre pasado, y ya tengo ganas de volver.

Por eso me atrae compartir estos videos del 1er. Festival Nacional Alto Pueblo, de La Quiaca, organizado por la Intendencia de la Ciudad en los últimos días de febrero pasado con las actuaciones del Chaqueño Palavecino, Los Kjarkas (Bolivia), Bruno Arias, Los Changos, Los Huayra, Liliana Herrero, Toto Valle y Alborada, Paola Arias y también variedad de artistas locales.




Cuando uno va recorriendo el norte, va en búsqueda de esa postal de Purmamarca, con las casas de adobe, calles angostas, techos de cardón, empedrados y de fondo el Cerro Siete Colores.


La Puna tiene sus maravillas, la Laguna de Pozuelos o la historica iglesia de Yavi. La Quiaca es distinta, ya no estamos entre la geografía abrupta y colorida de la Quebrada de Humahuaca sino rodeados de la inmensa planicie, que ofrece vistas abiertas, paisajes llanos, poblaciones distantes, algunas llamas y vicuñas que cruzan los caminos solitarios.

La ciudad ha cumplido recientemente su primer centenario, fundada en 1907, y eso se refleja en su urbanización de manzanas cuadradas, calles anchas, pocos autos y la arquitectura de sus viviendas muchos menos características que las que encontramos en otras ciudades jujeñas.

Uno de sus edificios más destacados es la Iglesia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro construida cerca de 1940, a la cual la actividad del padre Jesús Olmedo y su Comisión de Desocupados tuvo una enorme fuerza en momentos de crisis social.

A principios de los años noventa llegó hasta aquí el último tren, la estación ferroviaria es un enorme espacio vacío que cruza la ciudad, ocupado por galpones que sirven a la distribución de garrafas social de gas, de puestos que venden desde ropa hasta alimentos, o simplemente están clausurados como el paso ferroviario a Villazón (Bolivia).

La Quiaca lleva a recordar aquella gira cultural de León Gieco y Gustavo Santaollala a mediados de los ochenta, o cuando en el 2000, Mercedes Sosa actuó aquí cerquita en Santa Catalina.

La ciudad vive alrededor del Mercado de alimentos, frutas, verduras, carne y de la terminal de ómnibus de larga distancia. Remises compartidos y combis que llevan a localidades vecinas como la antigua Yavi o hasta Santa Catalina. Bolsas y cajas transportado todo tipo de mercaderías, muchas provenientes de Bolivia, que cruzan a pie al frontera y viajan hasta la Ciudad de San Salvador.

El mercado es un hormigueo de vendedores y compradores. Ocupa casi una manzana de intricados puestos y pasillos y ofrece desde los productos mas típicos como el durazno, zapallo, ciruelas, peras, sandias, bananas, naranjas, papas, cebollas rojas, hasta frutillas y cerezas.

Podemos encontrar una pizzería que bien podría estar ubicada a miles de kilómetros, pero nada mejor que almorzar en un comedor local, donde podemos comer milanesas, chuletas, pollo, pastas, lentejas, arroces, papas, sopas. La noche es fría y solitaria, pero de algún boliche nocturno se escucha sonar fuerte una cumbia.

Aún con estas diversidades, la cultura de un lugar la pone la gente que lo habita y allí esta la identidad de este lugar que es tan distinto de la imagen turística que uno supone.

Viajando y comerciando, escuchando cumbia o mirando la televisión porteña en el comedor. La Quiaca no es una ciudad turística, es una ciudad de frontera que divide precios y monedas, pero que mantiene en su gente una misma cultura a ambos lados.

Esa cultura que esta en el lenguaje, en las costumbres, en las fiestas, las religiones que se mezclan, la forma de vestirse, de trabajar y de comerciar.

Aquí también hay futbol, cada localidad que uno recorre hay una cancha. En 1943 se fundó la Liga Puneña y en su estadio se desarrolla el Festival Nacional de La Quiaca.

No se si he logrado transmitir la sensación, pero me encantó La Quiaca, creo que es mucho más auténtica que otras ciudades vestidas para el turismo.

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